ICaN Un viaje de regreso a casa

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ICaN: un viaje de regreso a casa

Quien desea alcanzar un objetivo debe ponerse en camino. Y el viaje no es algo que debe realizarse del modo más rápido posible: el transitar por  un camino –con sus repechos y curvas, sus paisajes y eventuales cambios climáticos, con toda su riqueza-  forma parte del viaje. No se viaja “solo por llegar”.

Del mismo modo, a nuestras comunidades llegan muchas familias que traen a sus hijos para que reciban “la Primera Comunión” y tienen como meta solamente esto, sin descubrir que formar parte de un grupo, pertenecer a una familia cuyo destino es la casa de Dios,  participar de la vida en el Espíritu y la amistad con Jesús constituyen la realidad de un largo camino a recorrer atravesando jardines, atrios y antesalas. Estos pasos no deben hacerse con rapidez, pues de lo contrario no se alcanza realmente la meta. No podemos introducir a  los niños, de golpe, en el camino de Jesús y de la Iglesia. Tampoco lo podemos hacer con los adultos.

El ejercicio catequético quiere ayudar a pasar del signo al misterio. Por lo cual se trata de despertar y hacer que emerja esta “capacidad mistérica” del mundo y de la persona misma. Las capacidades humanas de ver, oír, tocar, gustar tienen muchos aspectos que solo con el paso del tiempo se pueden desarrollar plenamente, de tal manera que los sentidos se convierten en órganos espirituales.

El mundo actual enseña cómo los sentidos pueden cerrarse en sus más profundos estratos, cómo pueden ser excesivamente atiborrados y, entonces, solo reaccionan ante determinados estímulos  – pensemos en los estímulos de los videojuegos que mirando y escuchando reproducen un baile, una carrera de autos, y todo sin salir del lugar y sin enfrentar desafíos “reales” más que el de la pantalla emisora -; las raíces pueden morir y los sentidos corromperse.

Para iniciar e introducir al misterio y desarrollar una “capacidad mistérica”, procuramos en la catequesis abrir los sentidos ejercitándolos para enraizarlos interiormente.

 

 

“Viaje” y “Camino”

La imagen y la mística del viaje nos parece una propuesta que puede ayudarnos a generar una dinámica que tiene en cuenta los desafíos de la fe y la salida de sí al encuentro con Dios y con los demás. El viaje está estrechamente unido a la imagen poderosa del camino. Ambas imágenes (viaje y camino) están presentes en toda la Revelación, de tal forma que son fuente inspiradora de la catequesis y condicionan nuestra pedagogía dándole forma.

Desde la Sagrada Escritura, pensemos algunos ejemplos: Abraham deja su casa paterna y debe ir hacia donde Dios le indique, es un arameo errante que debió enfrentar mil obstáculos e imprevistos. Un viaje apasionante al corazón mismo de la fe que ofrece su última seguridad: a su hijo único. ¿Cómo no llegar a conocer el corazón de Dios que nos da a su único Hijo, quien también dejará su casa paterna, en Nazaret, para emprender su viaje hacia Jerusalén y hacia la verdadera patria del Cielo? ¿Cómo no pensar en el viaje de Moisés, salvado de las aguas, enfrentando peligros desde su nacimiento, llegando a tierras lejanas? La voz del Señor en la montaña y el fuego en la zarza alumbrando su corazón lo hacen descender a Egipto en busca de su pueblo.

También en el camino de regreso a Emaús los discípulos experimentarán algo semejante. Necesitamos imágenes como la del fuego para emprender el viaje hacia los demás; “Entonces dije: «No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre». Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía” (Jer 20,9), nos dice el profeta.

Las contrariedades forman parte del viaje y la gran imagen cósmica al respecto es el agua. Aquel que es portador del fuego debe pasar por las aguas; ¡es contradictorio, amenazante! Dios mismo pasa como columna de fuego en medio de las aguas del Mar Rojo. Esta paradoja es expresada en el libro del Cantar de los Cantares como lenguaje del misterio: “grandes aguas no pueden apagar el amor ni los ríos anegarlo” (Cant 8,7) y en el libro de la Sabiduría: “lo más extraño es que con el agua que todo lo apaga, el fuego cobraba nuevo ardor; porque la naturaleza combate por los justos” (Sab 16,17).

Por recordar otros ejemplos: el profeta Jonás, en su “contra-viaje” (plegándose a las aguas en el vientre de un cetáceo, caminar tres días con sus noches, el ricino, el gusano…); el viaje de Tobías llamado por su padre Tobit que lo lanza a la aventura de recuperar los diez talentos de plata, un tesoro escondido en una parte de su familia desconocida, en una tierra desconocida con un acompañante desconocido que resultó ser un ángel. Tengamos presentes los viajes de los personajes/reyes en las parábolas de Jesús (el viaje del hijo pródigo y el del hijo mayor que regresa del campo). También los viajes de ida y vuelta de los discípulos (Galilea-Jerusalén-Galilea; del Cenáculo al sepulcro, del sepulcro al Cenáculo) los viajes de Pablo, Bernabé, Silas, Marcos, etc.

Despertar la capacidad de imaginar y de crear imágenes para significar las experiencias del camino, es señal de que estamos en viaje.

Desde el imaginario  de la literatura infantil, podríamos intuir en algunos cuentos y fábulas para niños  ciertos  elementos que proyectan estas imágenes (viaje y camino). En la mayoría de este tipo de historias, resumiríamos el “viaje y el camino” en la fórmula: casa – distancia –casa; o también: casa – distancia – nueva casa.

La casa es un símbolo importante, denota un lugar físico seguro en el que se recoge la familia, donde las necesidades básicas de la vida son satisfechas (aunque sabemos que no siempre es así), protege de la intemperie y de los peligros. En algún momento los personajes de las historias dejan la casa, ya sea porque no es más un lugar tan seguro, donde encontrar reparo físico y psicológico, o porque no llega a satisfacer los anhelos de conocimiento. Entonces, se aventuran por los caminos extraños del mundo. A veces, los protagonistas son rebeldes y no toleran los límites impuestos por la autoridad personificada en los adultos, educadores, referentes, etc. Muchas veces se sienten amenazados, tienen miedo y dejan de sentirse seguros. Es cuando deciden “ponerse en camino”. Por último, uno de los motivos más fuertes de ´dejar la casa´ es el gran deseo de amistad y de compañía; el viaje es a menudo el medio para descubrir y cultivar estos deseos.

Imaginemos que una experiencia de viaje se realiza en un niño que deja su casa para llegar a la casa de la iglesia, a veces ámbito desconocido para él y donde tendrá la posibilidad de nuevas amistades y de superar obstáculos como puede ser salir de la propia casa en la cual recibió, aprendió y se le sembraron semillas para que den su fruto. El emprender un viaje, dejando la casa, no implica abandonar los afectos sino ampliarlos, abrirse al mundo con el apoyo familiar.

      

 

  Para Meditar el Mundo

        El hombre realiza su vida en una tensión cuyos polos son el interior y el exterior. El niño se orienta hacia fuera, pero se introduce al mismo tiempo en su interior. Percibe el mundo exterior a la vez que descubre su mundo interior. El ejercicio de los sentidos no es un acto solo externo; no es una radical extraversión sino, al menos en igual grado, un enraizamiento en la propia profundidad. El recogimiento no significa siempre una introversión que da la espalda al mundo.  El mundo no debe desaparecer, por el contrario, con todo su colorido y derroche puede servir de estímulo a la contemplación recogida. En los salmos, por ejemplo, se apela a los sentidos para la experiencia divina: “Gustemos hermanos la bondad del Señor”, “mi alma tiene sed de ti, cuándo veré su rostro”. Todos parten de una experiencia sensible, de una única conciencia encarnada. Meditar es incorporar, asimilar, comer, gustar…

Vivimos en un mundo que ha perdido progresivamente su capacidad de mostrar “algo oculto”, o quizá hemos perdido la destreza de ver más allá de las cosas, sin perder las cosas.  Lo virtual ha hecho que olvidemos lo material, pero es cierto también que existen “toques” de Facebook y, si se cree en esos “toques”, tal vez podamos encontrar las vías para creer en los “toques” de Jesús en la fe.  Pero aun esos toques suponen una experiencia previa de toque humano, de un palmoteo en la espalda que nos dé ánimo. Sin añorar mundos pasados, aunque las cosas hayan perdido su transparencia y aunque hayamos disminuido la susceptibilidad de percibir los toques divinos en las cosas, la existencia humana no puede quedarse del todo sin imágenes, aun cuando la capacidad de captarlas deba ser despertada hoy de un modo distinto.

La imaginación y los símbolos

La pedagogía divina de la Revelación debe inspirar nuestro método catequético, con sus mediaciones, rescatando lo imaginario y  la captación de los símbolos cualificados. Esto es de capital importancia. Hablar de imaginación no es hablar de ideas nuevas, sino de sentimientos y emociones que revelan grandes aspiraciones, resonando en la afectividad humana a partir de las experiencias sensibles. Esas aspiraciones son más universales cuando se expresan a través de los grandes elementos, a saber: el aire, el fuego, el agua, la tierra. Es decir, que nos lleven a procurar desear un mismo alimento y una misma bebida para todos, como dice san Efrén: “La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron – dice el apóstol-  el mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual”. La Escritura tiene la capacidad de despertar grandes aspiraciones en el corazón, por la cualificación de estos elementos: árbol de vida, aguas de vida, fuego que no consume, aguas que ponen fin al pecado, brisa ligera que penetra las narices como aliento de vida, pan de vida, tierra de promisión, etc. En este mundo cualificado (es decir no alcanza con decir solamente agua, es necesario cualificarla como “viva”), Dios se pasea a la hora de la brisa, buscando al hombre para que este no lo busque en el caos. San Ambrosio dice: “Dios pasea en el Paraíso todavía hoy cuando leo las escrituras”.

Al dar a nuestro itinerario catequético una impronta de viaje, queremos apelar al imaginario de todos los catequistas, teniendo en cuenta que es una metáfora de la vida y , en especial, de la vida cristiana. Supone afrontar riesgos; percibir grandes espectáculos paradojales, sin ansiedades ya que el camino hace al caminante. Se trata de un viaje hacia nosotros mismos que nos dará la posibilidad de renunciar a nosotros mismos, por lo cual revalorizamos todos los “materiales” que Dios ha puesto a nuestro alcance: el libro del Universo/Creación, el  libro de las Escrituras, el libro de la Comunidad eclesial y el libro de la convivencia de los seres humanos. Pero también la maravillosa capacidad imaginativa de los niños junto a la obra del Espíritu Santo, el artífice divino.

Tenemos el desafío de comprender que la meta no es recibir “la Primera Comunión”, sino que la iniciación a la vida cristiana es la gran aventura en la que estamos todos involucrados: niños, familias y comunidad.  Una aventura que constituye un viaje de regreso a casa.

Vicaría para la Catequesis 2015

Arquidiócesis  de Montevideo

 

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